Ana María Bello Méndez, 1945-2025: Gran Señora
¡Cuán bella eres, amada mía! ¡Cuán bella eres!
¡Tus ojos son dos palomas!
Cantar de los Cantares del Rey Salomón
Por Ángel Rafael Martínez Alarcón
El 31 de diciembre, en el calendario occidental, está marcado como el último día del año. Es el momento de hacer balance de lo bueno y lo menos bueno, de repasar, en el cierre de sus 52 semanas y sus 4 estaciones, los aciertos y los errores del ciclo que termina. También es una ocasión para albergar nuevos propósitos para el año que está por llegar. En Veracruz, una de las tradiciones es "la salida del viejo", donde niños, jóvenes y adultos salen a bailar para despedir al año que se va. Sin embargo, el pasado 31 de diciembre de 2025 fue profundamente distinto para nuestra familia. Nunca habíamos vivido esta fecha acompañados por el dolor del fallecimiento de un ser querido.
Quiero dejar aquí escritas mis más sentidas condolencias para mis primas Marta, Aracely, Ana Luisay María de la Paz, y sus ocho nietos, por el fallecimiento de su amada madre; para nosotros, la queridísima tía Ana María Bello Méndez. Ella partió a la Casa del Padre Eterno en las primeras horas de aquel miércoles, en su domicilio en San Andrés Tuxtla, Veracruz, población donde vivió cerca de sesenta años y donde formó a su familia. Tuvo una labor altruista, visitando enfermos y presos. Fue miembro honoraria del Club de Rotario y de la Unión Femenina Iberoamericana, siempre en discreción.
Litúrgicamente, el 31 de diciembre se enmarca en la Octava de Navidad, en la que la celebración del nacimiento de Jesús se prolonga por ocho días. En este marco festivo, el alma de nuestra querida Anitapartió al Padre, como si el cielo, de fiesta y con las puertas abiertas a toda gracia y bendición, la recibiera con júbilo. Ana María Bello Méndez partió luego de un largo y acrisolado tiempo de enfermedad, un período que seguramente le permitió un diálogo profundo y prolongado con Dios, y que fue acompañado con devoción por los cuidados de sus hijas y nietos. Durante todos esos meses, familiares y amigos no cesamos de orar por su salud, y sobre todo para que encontrara fortaleza para cargar con esa cruz de la enfermedad, que es escándalo para el mundo. Para ella, que a lo largo de toda su vida demostró una valentía inquebrantable para superar adversidades, esta fue su última gran batalla.
¿Quién era Ana María Bello Méndez? Nació en la ciudad de Perote hace ochenta años, el 7 de agosto de 1945. Siempre bromeaba diciendo que había llegado al mundo entre las dos bombas atómicas que los Estados Unidos lanzaron sobre Japón los días 6 y 9 de agosto de ese año, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. Y hay que decirlo: también partió en una fecha significativa, el último día de un año civil.
Sus padres fueron el tío Ernesto Bello, originario de Altotonga, Veracruz —cuenta la leyenda que en su juventud le apodaban “el príncipe” por su apostura y el color de sus ojos—, y la señora Paz Méndez. El matrimonio procreó diez hijos y estableció su residencia en Perote. Los hijos de los Bello Méndez fueron: Jesús, Eloísa, Ernesto y Ana María (ya difuntos); y sobreviven Telma, Aracely, Mary, Guadalupe, Ricardo y Cecilia. Una familia forjada en la cultura del esfuerzo y el trabajo, enfrentando las adversidades de las tierras del altiplano veracruzano. Hoy, la familia Bello Méndez se extiende en hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos, dispersados por las distintas regiones del país.
En el corazón de mi hermana Herminda María del Rosario y en el mío, siempre llevaremos el amor y el cariño por la tía Anita. Por la sencilla razón de que, como decía el tío José Lendechy López (1941-1992), nosotros, “los cuates”, fuimos sus “conejillos de indias” para su futuro matrimonio. Ellos se conocieron en las antiguas instalaciones de Agro-Disel —Tractores Ford, a unos metros de la Cruz de la Misión—, donde ella enseñó a leer a algunos de sus compañeros. Ambos jóvenes y guapos, trabajadores en la iniciativa privada, allí Cupido hizo lo suyo. Siempre nos sentimos profundamente amados por ambos.
Rosita Sondón Daza (1935-2012), también nacida en Perote y vecina de la Cruz de la Misión, recordaba siempre cómo, de niña, cuidaba a una bella bebé llamada Anita. Hoy, en el eco de la memoria, guardo con cariño ese testimonio de primera mano. Fui testigo muchas veces de cómo Rosita le recordaba a la tía Anita su belleza de infante, esos intensos ojos verdes que heredó de su padre.
La tía Anita, marcada inicialmente por el determinismo geográfico de Perote —con su frío seco y sus nevadas—, forjó un carácter capaz de superar todas las adversidades que se le presentaron a lo largo de sus ochenta años. Vivió en su Perote natal, en la Ciudad de México, en Xalapa, y los últimos casi sesenta años en San Andrés Tuxtla, en el trópico húmedo del país.
Uno de los recuerdos más bellos de mi infancia son sus visitas a la casa de la Cruz de la Misión. Llegaba cargada con la alegría del mundo para visitar a su amada tía Felicitas Bello Alvarado (1907-1982), a quien adoraba como a una madre. Su llegada era como la entrada de un arcoíris; por arte de magia, todo se llenaba de luz y color. Tenía un humor fino y una salida festiva para todo. Sus hijos eran parte de esa alegría contagiosa. Recuerdo siempre sus regalos: totopos, queso de la región, carne... Uno de los grandes legados de la tía Anita fue su eterno agradecimiento, que mantuvo hasta el último de sus días. Siempre estuvo preocupada porque su tía Felicitas no supiera que ella estaba enferma; estoy seguro de que habría dado cualquier cosa por estar a su lado, volaba.
Mis primeras vacaciones fuera de Xalapa fueron en San Andrés Tuxtla, en fin de año, y también en el Rancho La Perla, con su entrada al mar abierto, en aquellos tiempos inolvidables.
La vida le dio golpes durísimos. El lunes 12 de enero de 1987, la repentina muerte de su hijo varón José “Pillo” (1969-1987), arrebatado a los 17 años, cambió el destino de la familia. El 14 de febrero de 1992, también inesperadamente, falleció el tío Pepe, con quien compartía esa misma fecha de cumpleaños, el 7 de mayo. A pesar de estos dolorosos acontecimientos, supo sacar fuerzas de donde parecía no haber, para seguir siendo el pilar inquebrantable de su familia. El gran amor de su vida, hasta último instante de su vida.
En estos últimos años, nos comunicábamos mediante videollamadas. Ella siempre tuvo el don de reconocernos al instante y sacaba fuerza del mismo cielo para saludarnos o regalarnos una sonrisa angelical. Quedan grabadas en mí sus declaraciones de que haber vivido en la Cruz de la Misión fueron los momentos más hermosos de su vida.
Incluso su propio fallecimiento fue otra de sus grandes enseñanzas. En mis 59 años de vida, nunca había vivido un velorio donde, entre familiares y amigos, ante el dolor, primaran los abrazos sinceros y el consuelo mutuo. En un momento, mi hermana María Luisa pidió a los asistentes tocar el féretro que contenía los restos de la tía Anita e hizo una oración que nos unió a todos en un silencio cargado de amor y respeto.
Descanse en paz, querida tía Anita, guerrera ejemplar. Tu fuerza, alegría y amor perdurarán para siempre en nosotros.
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