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La Generala Antonia Luisa Nava Celestina de Catalán (1779-1843)

 La Generala Antonia Luisa Nava Celestina de Catalán (1779-1843)

 

La Generala Antonia Luisa Nava Celestina de Catalán (1779-1843)

 

 Ángel Rafael Martínez Alarcón

 

En la ceremonia del Grito del inicio de la Independencia de la Nueva España, en su 216 aniversario, el Ejecutivo Federal pronunció la tradicional arenga desde el Palacio Nacional que construyó Hernán Cortéshace casi 500 años. En esta ocasión, se sumó el nombre de la conocida Generala del ejército insurgente, Antonia Nava Celestina de Catalán, originaria del hoy Estado de Guerrero. Fue nombrada con su apellido de soltera, tal como el año pasado y en el presente se ha hecho con doña Josefa Ortiz de Domínguez, a quien la llama con nombre y apellidos de soltera, desconociendo cómo eran las relaciones matrimoniales a finales del siglo XVIII. A las heroínas insurgentes debe situárselas en el contexto en que actuaron.

 

Esperemos que en los próximos años, en la arenga del 15 de septiembre, podamos escuchar también el nombre de la insurgente xalapeña María Teresa de Medina y Miranda de la Sota Riva, criolla.

Hoy, a nivel nacional, ha sido La Generala Antonia Nava Celestina de Catalán visualizada gracias a la arenga presidencial; en su natal estado de Guerrero ya era conocida.

Nació en Tixtla, Guerrero, el 18 de noviembre de 1779. Sus padres fueron Nicolás Nava y María Celestina. Fuentes históricas afirman que su padre era de origen mixteco y María Celestina de origen tlapaneco, lo que refleja sus raíces indígenas en la región de Guerrero.

Junto con su esposo se unió a la guerra de Independencia convocada por Miguel Hidalgo y Costilla. Se encargaba de arengar a las tropas y de organizar redes de apoyo, alentando a más mujeres a unirse como cocineras y proveedoras del ejército insurgente.

 

Contrajo matrimonio con Nicolás Catalán Catalán, un militar insurgente originario de Chilpancingo. La boda probablemente se celebró en Tepecoacuilco a finales del siglo XVIII, alrededor de 1799.

Nicolás Catalán Catalán nació en Chilpancingo, Guerrero, en febrero de 1780 (aunque el *Diccionario Porrúa* señala 1772). Fue hijo de Nicolás Catalán y Nicolasa Catalán, y el primogénito de la familia; tuvo dos hermanas menores, María Dolores.

Gracias a su cuñado, el comerciante Antonio Gómez Ortiz (esposo de su hermana Dolores), fue nombrado administrador del rancho Xolocamotla, donde vivió junto a su esposa y su hermana María.

Con su esposa Antonia Nava Celestina procrearon ocho hijos: Nicolás, Manuel (falleció durante la guerra), AntonioPedroTeresaMaría y Margarita, faltando el nombre de uno de los hijos.

Su trayectoria se inició en noviembre de 1810, cuando tuvo su primer combate en Tepecoacuilco. El 10 de diciembre de 1810 se incorporó a las tropas de José María Morelos. Sus ascensos fueron los siguientes:Cabo primero:** 20 de febrero de 1811.Sargento: 3 de abril de 1811. Alférez: 24 de mayo de 1811.Teniente:6 de enero de 1812. Capitán: 3 de febrero de 1813.Teniente coronel: 22 de septiembre de 1816. Coronel:** 19 de abril de 1820. General de brigada:** 22 de febrero de 1823.

Estuvo bajo las órdenes de José María Morelos durante 3 años, 5 meses y 5 días; de Nicolás Bravopor 3 años, 6 meses y 16 días; y de Vicente Guerrero durante 7 años y 3 meses. Falleció en su ciudad natal, Chilpancingo, el 17 de febrero de 1833.

El episodio más recordado de Antonia Nava ocurrió durante el asedio realista a las fuerzas de Nicolás Bravo en la Sierra de Jaleaca. Ante la extrema escasez de alimentos, el general Bravo ordenó diezmar a sus soldados para alimentar al resto. Antonia Nava y su amiga Catalina González se presentaron ante él ofreciendo sus propios cuerpos como alimento para la tropa. Aunque el sacrificio no se llevó a cabo, su acción elevó la moral del ejército y los motivó a romper el cerco.

 

 

Antonia Nava estuvo presente en momentos decisivos para la Independencia. Asistió a la firma del Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821 y, el 27 de septiembre de ese año, participó montada a caballo en la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.

En el Primer Congreso de Anáhuac, celebrado en Chilpancingo, el 13 de septiembre se instaló y al día siguiente se leyeron los Sentimientos de la Nación. Doña Antonia Nava y doña María de Jesús de Navaprepararon la comida para los diputados, el ejército insurgente y el pueblo que los acompañó, siendo testigos de primera mano de aquellos hechos.

Doña Antonia Nava de Catalán, hija predilecta de Tixtla y Heroína de la Independencia, quien supo cumplir su misión en todos los actos de su vida, falleció en Chilpancingo el 19 de marzo de 1843, a los 63 años. Sus restos se encuentran al lado de su esposo, el general Nicolás Catalán, quien falleció diez años antes, el 19 de febrero de 1833.

El pueblo de Chilpancingo reconoció los altos servicios prestados a la patria en grado máximo y las grandes virtudes como mexicana de doña Antonia Nava de Catalán; por eso acordó sepultarla en el lado izquierdo del Templo de la Asunción, donde se leyeron los Sentimientos de la Nación, para dar honrosa sepultura a tan digna dama.

El Congreso también honró su nombre y sus méritos colocando su nombre en el Muro de Honor del Recinto Legislativo “Primer Congreso de Anáhuac”. Asimismo, su nombre está inscrito con letras de oro en el Palacio Legislativo de San Lázaro, en reconocimiento a su valentía.

 

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Francisco Rubén Córdoba Olivares (1938–2006): A 20 años de su fallecimiento

 Francisco Rubén Córdoba Olivares (1938–2006): A 20 años de su fallecimiento

Francisco Rubén Córdoba Olivares (1938–2006): A 20 años de su fallecimiento

 

Ángel Rafael Martínez Alarcón

 

El próximo jueves 10 de septiembre de 2026 se cumplirán veinte años del fallecimiento de Francisco Rubén Córdoba Olivares —conocido entrañablemente como Paquito Córdoba entre familiares, colegas y alumnos—, profesor normalista y maestro en antropología. Como catedrático de la antigua Unidad de Humanidades y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, ejerció la docencia con una vocación que trascendía las aulas: impartió clases tanto en la carrera de Antropología, de la que fue director por más de una década, como en la de Historia en la Universidad Veracruzana. Su formación en la hoy Centenaria y Benemérita Escuela Normal Veracruzana le proporcionó las bases pedagógicas que lo convertirían en un profesor universitario ejemplar; a ello se sumaba su pasión por la dramaturgia, que imprimía un sello distintivo a su quehacer académico.

 

Recuerdo con claridad el domingo 10 de septiembre de 2006. Fue uno de esos días memorables en mi biografía personal, no solo por la noticia que recibiría más tarde, sino porque esa fecha me remite a otros 11 de septiembre cargados de significado histórico. El primero, el de 1973, cuando siendo niño presencié en el ambiente familiar las primeras noticias del golpe de Estado en Chile contra el presidente Salvador Allende, transmitidas por la televisión de Televisa. Años después, el 11 de septiembre de 2001, ya como adulto y funcionario del Instituto Nacional de Migración, fui testigo del ataque a las torres gemelas en Estados Unidos. Aquel domingo 10 de septiembre de 2006, sin embargo, la historia se hacía íntima y dolorosa. Me encontraba en la Ciudad de México, participando en reuniones vinculadas con la transición del sexenio de Vicente Fox Quesada al presidente electo Felipe Calderón Hinojosa. Fue en las primeras horas de la tarde, en la Residencia Oficial de Los Pinos, cuando recibí una llamada urgente de mi madre: me informaba del fallecimiento de Paquito Córdoba, su vecino y excompañero de la primaria en el Centro Escolar Revolución. La noticia cayó como un balde de agua helada. Sabía que en las últimas semanas él había estado lidiando con su enfermedad, pero el golpe no fue menos cruel. Tuve que regresar a Xalapa en calidad de emergencia. Durante esas cinco largas horas de viaje, desfilaron por mi mente las imágenes de la amistad que unía a ambas familias desde la primera mitad del siglo XX y, sobre todo, mis cuatro años de relación maestro-alumno en la carrera de Historia, donde tuve el privilegio de ser su estudiante a lo largo de los ocho semestres de la licenciatura.

 

Francisco Rubén Córdoba Olivares fue hijo de don Francisco Córdoba Ladrón de Guevara (1911–1996) y de Victoria Olivares. El matrimonio tuvo dos hijos; Francisco Rubén nació en Xalapa el 2 de diciembre de 1938. Cursó la primaria en el Centro Escolar Revolución. Su primera carrera la realizó en la Escuela Normal Veracruzana "Enrique C. Rebsamen", donde obtuvo el título de profesor de primaria. En 1960 ingresó a la Escuela de Antropología de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Universidad Veracruzana. En 1964 se diplomó como experto en desarrollo de comunidad por la Organización de Estados Americanos. En 1968 obtuvo el grado de maestro en antropología con la tesis *Los totonacos de la Región de Huehuetla, Puebla. Localización de algunos problemas sociales y económicos*. Fue investigador del Instituto Nacional Indigenista y, en ese mismo año, se incorporó como docente de la carrera de antropología, además de fungir como investigador del Museo de Antropología. Entre 1975 y 1988 dirigió la Facultad de Antropología. Uno de sus últimos proyectos de investigación fue "Un análisis de la conformación regional en la Cuenca Baja del Papaloapan", realizado en el marco de un convenio Universidad Veracruzana–CONACYT, coordinado por el Dr. José Velasco Toro y la Dra. Guadalupe Vargas, del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales. Dicho proyecto generó diversos productos académicos, entre libros y tesis de grado de los becarios participantes.

 

Para mí, Francisco Rubén Córdoba Olivares no era un desconocido al llegar a la Facultad de Historia. Nuestras familias se conocían y eran vecinas en el barrio del Calvario. La familia Córdoba Ladrón de Guevara residían en la avenida Revolución, a la altura de la iglesia del Calvario. Su tía, la maestra Lina Córdoba de Hernández Pozada, había sido profesora de primaria de mis hermanas y de mía. Al ingresar a la Facultad de Historia, no solo encontré a un nuevo catedrático, sino a un amigo de toda la vida, pues nuestra amistad se remontaba a la infancia y la adolescencia. El barrio del Calvario, desde el siglo XVIII, ha sido el lugar elegido por los pobladores de Naolinco para establecerse en la Xalapa virreinal.

 

Córdoba Olivares gozó de pocos años de jubilación. Regresó a Naolinco, tierra de sus antepasados, por un par de años. Tras varios meses de lucha contra la enfermedad, el domingo 10 de septiembre de 2006 su corazón dejó de latir. Un par de meses antes habíamos sostenido nuestra última larga conversación en el emblemático el Árbol;( Av Revolución y calle de Abasolo)  en ella, él ya tenía muy claro que la muerte se aproximaba, y también mostraba su desilusión por el fraude electoral que él percibía en los comicios de 2006. Esa fue una conversación extensa, en la que repasó la historia que le había tocado vivir. En ese momento no tuve la inteligencia para comprender que se trataba de su despedida de este mundo.

 

Córdoba Olivares no fue únicamente el maestro dentro del salón de clases; fue también guía en la vida de decenas de estudiantes universitarios, a quienes ofreció consejo sabio y amistad leal, siempre con la mano franca para respaldar sus proyectos académicos y laborales. Su muerte fue prematura: su corazón dejó de latir a los sesenta y siete años, a pesar de que sus familias paterna y materna gozaban de longevidad. Misterios de la vida.

 

Tras dirigir la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana durante más de una década (1975–1988), su carga académica se trasladó a la carrera de Historia, bajo la dirección del Mtro. Manuel Bautista Mercado. Fue así como mi generación —la de 1988–1992— tuvo el privilegio de contar con él como profesor de tiempo completo. Disfrutamos de viajes de estudio, salidas al cine, presentaciones de libros y congresos, trabajo de campo. A lo largo de ocho semestres, nos dictó cátedra desde la Prehistoria y Mesoamérica hasta los siglos XVI al XX. También compartimos con él cada una de las anécdotas del perro de la tía Adelina. Sus clases, impartidas por nuestro querido Paco —o Paquito, como muchos lo llamaban cariñosamente—, eran verdaderas puestas en escena teatrales, alimentadas por su pasión por la historia y su formación dramatúrgica. El aula entera se convertía en un escenario. Llevo en el corazón aquellas sesiones sobre el México del siglo XIX, en especial cuando abordamos el imperio de Maximiliano de Habsburgo. Aprendimos de memoria los diálogos de Carlota, tomados de *Noticias del Imperio* (1987) de Fernando del PasoPaco Córdoba recitaba la presentación de la emperatriz como un primer actor; nosotros, sus alumnos, permanecíamos en silencio, absortos, escuchando al maestro dar la introducción al México del Segundo Imperio.

 

La facultad que él amó y dirigió, la de Antropología, honró su memoria el 31 de octubre de 2017, colocando su nombre a uno de sus salones. En un emotivo acto, su hija Victoria Córdoba descubrió la placa conmemorativa, acompañada por el entonces director de la facultad, el doctor Sergio Rafael Vázquez Zárate(1963-2024), quien también fuera su alumno. Ese gesto institucional selló, con cariño y respeto, el legado de un maestro que supo combinar la excelencia académica con la calidez humana.